Total de visualitzacions de pàgina:

dissabte, 22 de novembre de 2014

La vida en pausa


En la primavera del 2011 me ingresaron en el hospital y empezó nuestro descenso a los infiernos. Tumbada en la camilla de Sant Pau oímos por primera vez en nuestras vidas la palabra atresia de esófago. Un embarazo hasta entonces normal se torció. Y buena parte de nuestros sueños como padres se quedaron ese día en pausa, retenidos por una mano invisible. En esa pequeña sala de ecografías se quedó también una parte de nosotros mismos. El mundo seguía girando a nuestro alrededor entre las prisas y el humo de la ciudad y nosotros quedamos estancados. Y lo que pensábamos  serían unos meses se convirtieron en años. Casi 4 años.

Mucha gente piensa que lo peor fueron los seis meses de uci, con la vida de Pol siempre tan frágil como un cristal. Pero no. El infierno llegó después. Cuando no habían enfermeras, ni doctores, ni auxiliares con nosotros, sólo el miedo y el abismo. La responsabilidad abrumadora de su corta vida en nuestras manos. Porque nos dieron un bebé herido, muy herido, maltrecho de operaciones y cortes, de pinchazos que llenaban sus manitas con puntitos blancos. Imposible encontrar un huequito en ese maltrecho cuerpo sin ellos. Un bebé que se ahogaba porque no sabía tragar su propia saliva. Un bebé con un retraso motor considerable después de medio año tumbado, con terror de que le tocaras la boca, hasta para besarlo, por si le ponías una sonda. Un bebé que necesitaba comer con un botón en el estómago y cambiar mil veces al día por la esofagostomía. Y luego llegaron las terapias, agotadoras, diarias, extenuantes. Pero pronto Pol cambió y sonreía y empezó a caminar y a comer y nos impulsó hacía adelante. Pasó un año y medio en casa y a pesar de la dureza y los miedos de los primeros meses conseguimos ser felices y lo que es más importante, que él lo fuera. Conseguimos hacer normal lo que no era. ¿Por qué al fin y al cabo qué es lo normal? No conocíamos más paternidad/maternidad que esa.

Pero llegó la operación cuando nuestra vida parecía volver a la normalidad (dentro de lo complicado que era todo). El quirófano, la espera, la pesadilla del hospital de nuevo. Salimos al mes, exultantes, de nuestra última batalla en la que las cosas, por primera vez, nos salían bien y sin complicaciones. Y no sé si fue por la inocencia de volver a recuperar la normalidad que nos equivocamos. De pleno. Pensando que por fin había acabado la pesadilla. Por eso nos pilló desprevenidos todo lo que llegó después. Enterramos en el fondo de la memoria las sondas, los botones, los pañuelos. Vaciamos el cajón del material médico. Lo apuntamos a la guardería por primera vez. Soñamos con ese sueño que dejamos en pausa en la sala de ecografías. Pero llegaron los audífonos, se multiplicaron los médicos y lo que fue peor: las secuelas psicológicas. Nuestro príncipe, siempre con la sonrisa eterna, lloraba, pegaba a otros niños, se autolesionaba, nos desesperaba completa y enteramente. Nos superaba. Y por primera vez, nosotros, los papás que todo lo podían, los que siempre veían el lado positivo, los que lucharon por la felicidad en las peores circunstancias, esos mismos padres invencibles se hundieron en el lodo. En la pura desesperación. E hicimos nuestra propia travesía en el desierto, bajamos al mismo infierno de nuevo. Porque uno puede soportar lo que sea siempre y cuando su hijo le sonría, tire de él, le dé fuerzas. Pero Pol era una vela que se consumía de nuevo. Por primera vez tuvimos que vivir y no sobrevivir y no estábamos preparados para ello. Como esos soldados que vuelve a casa después de años en las trincheras y son incapaces de encontrar la paz.

Tuvimos que volver a empezar y recomponernos. Como pareja, como padres, como personas. Recoger todos los pedacitos que se habían quedado en el suelo, unirlos de nuevo. Volver de la oscuridad. Salir de ese túnel oscuro, muy largo, larguísimo, en el que nos habíamos quedado parados casi en el final de la meta. Pasaron los meses, llegó el colegio y con él la alegría. Pol no se despertaba llorando todas las mañanas. Le encantaba ir, se relacionaba con otros niños,  volvió a ser todo ternura, volvió a ser mi Pol. Y aquí estamos de nuevo, juntos, pulsando los tres el botón que pausamos un día. Porque la vida sigue su curso, incluso para los que se apearon. Porque para ellos también pasa el tren de nuevo en la estación y hay que subirse a él, siempre, porque siempre se puede volver a empezar. 

Ya no te preocupes, mi vida, ven con mamá, abrázame, bésame como sólo tú sabes.  Ahora ya no hay que luchar por respirar, por comer, por caminar. Ahora ya no tienes que ser un héroe, ahora no hay que sobrevivir, mi bebé, ahora sólo debes ser un niño, un niño feliz. Acabó la guerra y volvemos a casa.

Bienvenido a la vida, de nuevo, mi pequeño. Bienvenido, como dice papá, al primer día de nuestra nueva vida. 



2 comentaris:

  1. Es impresionante saber la capacidad que tienen nuestros hijos para poder sobrellevar todo esto. Mi bebé nació con atresia y fístula traqueoesofágica, después de estar casi 2 meses y medio hospitalizado seguimos en la lucha para que pueda ser operado. Sé que el camino es muy largo pero historias como la tuya me dan esperanza y fuerzas.

    ResponElimina