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dijous, 29 d’agost de 2013

Llegó el día


Llegó el día. 5 de julio. Te bajaron en el ascensor. Ibas con tu pañuelito puesto. No se lo saque - le dije al celador - hasta que no entre en el quirófano. Le sale toda la saliva y enseguida se empapa. Esa era nuestra vida hasta entonces: pañuelos, cambios de ropa continuos, sondas, extensiones, jeringuillas ... 

Una vida dura, una vida difícil. Una vida que no nos dio la gana de amargarnos, a pesar de los pesares. Una vida feliz, aunque a veces llegara la noche y estuviéramos muertos de cansancio. Una vida feliz pese a las miradas en el parque. Aún recuerdo lo valiente que salí yo de la uci, dispuesta a darte de comer en cualquier sitio. Con la naturalidad que uno saca la teta o el biberón, yo saqué la jeringa y la sonda y te quise dar de comer. La cara de horror de la madre del banco de al lado me llego al alma, me hizo regresar corriendo a casa. Pegándome contra el muro de la realidad, con un dolor y una pena tan grande de pensar como de distinta era (aunque yo luchaba por normalizarla) nuestra vida entonces. Y de esa tarde de lágrimas saqué una gran lección ... no iba a esconderte, ni mucho menos, pero tampoco iba exponerte ni a tí ni a mí a esas miradas de compasión. No me quedé en casa llorando la pena. Salimos, reímos, nos fuimos al pueblo a un montón de quilómetros, viajamos de fin de semana con los amigos ... hicimos lo mismo que cualquier otro bebé pero siempre con la gente que me quería, con la que me sentía arropada, con la que no tenía miedo, con la que me hacía pensar que yo era fuerte, que podía con eso. Porque sí Pol, tuvimos una vida feliz, difícil pero feliz. Una desesperante y agotadora vida feliz. 

Pero la sombra de la operación siempre planeaba como un cuervo, esperando cazarnos en un descuido. Vivir con esa espada de Damocles, con una fecha donde tienes que arriesgar la vida de tu hijo, hace que siempre tengas una pena en el fondo de tu corazón que no te deja acabar de vivir. Como una pesada cadena que a una le deja andar pero que tiene siempre que arrastrar.

Llegó el día. Te sacaron de la camilla y te pasaron hasta la zona estéril. Te dimos un beso, apresurado, un beso salado con muchas lágrimas. Porque, ¿cómo se besa a un hijo que entregas a esos desconocidos con bata verde para que le abran? ¿cómo entregas lo que más quieres sabiendo que puede ser la última vez que lo ves con vida? Luego nos pasaron a la sala, con el dibujo de tu estómago en una pizarra. Lo sabía porque había visto ese dibujo en mil páginas de internet, estudiado la operación al dedillo. Saltando siempre el capítulo de las complicaciones. Llorando con las estadísticas de muerte. Siempre. Siempre. Escuchando con atención las explicaciones de los cirujanos que nos hacían querer salir corriendo contigo en brazos y huir muy y muy lejos.

Llegó el día. Y papá, mamá y media familia, amigos, paseando pasillo arriba y abajo. Ese pasillo tan largo, tan gris, tan falto de luz y de esperanza. Ese horrible pasillo que aún hoy, dos meses después, me pone la piel de gallina. Y pasaban los minutos y las horas y nadie nos decía nada. Llegó la hora, y tu nombre resonó en los altavoces y todos pegamos un bote. 9 horas después de dejarte con aquel desconocido nos avisaron. Nosotros dos pasamos a una sala pequeñita con un cristal. Los cirujanos al otro lado, vestidos aún de quirófano. Ellos tenían la vida de mi pequeño entre sus dedos, de ellos dependía todo. Intentando leer sus miradas, sus gestos, su manera de respirar. Uno se quitó la mascarilla. El jefe se sentó. La cirujana de pie apoyada en la pared. Los tres con cara de cansancio después de tantas horas. Y recuerdo el alivio, esa sensación de la cadena que cae, del peso que se libera. Y subir, subir a la superficie y respirar. Respirar a todo pulmón. Saborear la victoria. Gritar de alegría.

Llegó el día. Y salimos de esa salita minúscula y todos estaban esperándonos en el pasillo y levantamos los dedos en señal de victoria, y reíamos como locos y todos lloraban, saltaban, nos abrazaban. Ese subidón de adrenalina, endorfinas ... pura felicidad!!!

Recuerdo llegar a la UCI, de nuevo, con todos esos aparatos, ya familiares, esas sondas, esos cables, esos pitidos. Abrir tu cajoncito y encontrarme una bolsita de plástico con tu nombre. Dentro tu pañuelito. El que ya no necesitábamos. Aún con tu olor y tu saliva.
Y lloré, lloré de alivio, lloré por tu futuro, lloré porque en tu próximo cumpleaños comerías pastel de chocolate. Pero sobretodo lloré porque cumpliste tu promesa y te quedaste con nosotros. 

Y amaneció un nuevo día y el mundo seguía su curso y tú estabas en él. Conmigo.