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dimarts, 26 de març de 2013

El duelo

Tienes derecho a llorar. Tienes derecho a envidiar la normalidad. Tienes derecho a patalear si hace falta. A llorar a todo pulmón como un bebé. Nadie te va a entender sino lo ha vivido y todo el mundo querrá darte lecciones y consolarte. Pero tú tienes derecho a la rabia, contra el mundo, contra la vida, porque te privaron de lo más sagrado y lo más íntimo.
Cuando tienes a un hijo distinto debes hacer un duelo. Un duelo por la muerte de un sueño: el del niño sano que no tuviste. Y eso es humano y es necesario. No lo quieres menos por ello, no eres menos fuerte por hacerlo.
Debes llorar por ese parto que soñaste con tu bebé encima, piel contra piel, que se cambió por un vistazo rápido para poder salvarle la vida. Separados al nacer después de meses siendo uno. Debes llorar esa pérdida prematura de la barriga que nunca tuviste, apenas un esbozo de embarazo, con una separación tan forzada, tan antinatural, tan inhumana. Y llega el despertar al día siguiente, sin barriga, sin bebé y con una lucha por empezar. Pero tu deber es levantarte, aún con las cicatrices frescas, y luchar por ese niño que no es el soñado, pero es el tuyo y es único y que te enseñará a vivir como hasta ahora nunca habías vivido, que te dará lecciones que nunca hubieses aprendido sin él, que te cogerá con su manita diminuta y te enseñará lo fuerte que puedes llegar a ser.