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dimecres, 30 de novembre de 2016

Y volver a volar...


Recuerdo una tarde en la UCI. Pasaron con la máquina de radiografías infantil. Y nos dijeron que saliéramos por la radiación mientras protegían con mamparas al resto de peques. El nivel de radiación de una radiografía y el riesgo es mínimo pero te lo dicen para proteger tus óvulos, esa reserva única con la que naces, y porque en la UCI, por desgracia, no era una cosa que se diera poco. Y yo dije que no. Que no salía esta vez. ¿Por qué?- me dijo una enfermera. -Porque yo no voy a tener más hijos...jamás - le contesté. Y me quedé allí, junto a Pol, por no dejarlo solo una tarde en la que estaba especialmente enfermo, pero sobretodo por ese convencimiento absoluto, esa certeza que tenía entonces que como ser humano no podría volver a soportar ese sufrimiento, tan en carne viva en ese momento, tan presente, tan doloroso, que sentía esa tarde. Cuando pronuncié ese jamás lo hice con toda la convicción del mundo. Y con toda la pena. Yo, que siempre dije que nunca tendría un único hijo.

Han pasado cinco años de esa tarde cuyo recuerdo esta diluido en toda esa sucesión de tardes grises y difíciles de esos largos seis meses. Y ahora, cinco años después, veo a mi futuro hijo en una pantalla, también en una consulta de Sant Pau. Iniciando de nuevo el viaje con un mismo escenario, unos mismo personajes y muchos miedos acumulados de antaño. Sí, estoy embarazada. De nuevo. Eso que parecía imposible esa tarde es hoy una realidad. Tomar la decisión no fue fácil. La noche oscura pesa, y los miedos te atenazan en cada esquina. Y aunque la razón (y los médicos) te digan que no tiene porque repetirse, tú sientes el miedo atroz y feroz devorándote. Porque algunas noches aún oyes, con toda la casa silenciosa, esos pitidos agudos, esas carreras aceleradas, esas máquinas pitando enloquecidas. Sabemos, mejor que nadie, todo el riesgo (mínimo hoy en día pero real) que comporta un embarazo. Mejor que nadie.Y el miedo es poderoso. Todo lo engulle. Todo lo quema. Y si no lo combates es una losa pesada, colgada siempre de tu pie, que al mínimo movimiento amenaza con llevarte de nuevo hacia el fondo.

Cuando tuve a Pol me sentí engañada, estafada, como si me hubieran arrebatado todos los momentos bonitos que todos tenemos derecho cuando nace un hijo: el piel con piel, darle el pecho, parirlo, acunarlo, llevarlo a casa al salir del hospital. Todo eso fueron renuncias, una detrás de otra, que ni siquiera nos sentíamos con valor de echar de menos. ¿Por que quién era yo para reclamar algo así cuando mi hijo se me moría cada día? ¿Cómo podía quejarme de no darle el pecho cuando mi hijo se mordía los puñitos del hambre al no poder tomar mi leche, ni siquiera por la sonda? ¿Cómo podía yo quejarme de dormir con la cuna vacía en casa cuando otros bebes siempre tendría ese hueco?  No, no podía. Pero ese dolor se quedó acumulado dentro como una presa que se va llenando gotita a gotita hasta que rebosa. Intentamos seguir, hacia adelante, en unos años de tropezones y caídas constantes. Sin tregua. Sin freno. Envueltos en una espiral de lucha que no nos daba un respiro. Enfrentados contra enemigos que acechaban agazapados cada vez que levantabas el cuello para tomar aire. Hasta que empezamos a respirar. A bocanadas. Un aire cada vez más fresco, cada vez más limpio. Y el nivel del agua fue bajando como la presa que se vacía al abrir una compuerta. Y por fin nos vimos con el valor necesario, que no es poco.

Tienes que perdonarme, Roc. Tu mama aún estaba atenazada por todos esos temores. Me costaba tocarme la barriga, hablarte, escribirte, como hacía con tu hermano. Antes de él, antes que todo se derrumbará para siempre, como un castillo de naipes,  atrapándonos en el infierno. Sí, perdóname pequeño. No era frialdad, era un muro invisible contra el que he luchado desde el día que supe que estabas aquí. Que se ha roto al verte en esa ecografía en que no parabas de saltar y moverte como diciendo: estoy bien, mama, no sufras, todo será distinto esta vez. Y he llorado, unas horas después, acariciando esa barriga que te protege, que te cobija, que espero, esta vez, sepa ser tu refugio hasta el final. Y sobretodo he llorado al darme cuenta, como a pesar del miedo, la incertidumbre y las barreras ya te quiero tan incondicionalmente como quería a Pol. Y que por ese amor vale la pena todo. Incluso renunciar a ese "jamás". Porque contigo yo voy a querer un siempre. Porque por primera vez en mucho tiempo me siento en paz, a pesar de todo. Como si un círculo se hubiera cerrado. Como si la presa se hubiera vaciado de sufrimento, por fin. Como si el camino, de piedras, angosto, embarrado, nos llevará también a ti. Y para siempre a ti. Porque en la vida siempre vale la pena volar.