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dissabte, 24 de setembre de 2011

Sobre la maternidad soñada

Salir del hospital sin tu bebé es duro, muy duro, seguramente uno de los momentos más duros de mi vida. Entrar en casa con las manos vacías, sin tu bebé entre tus brazos, ver su cuna preparada sin saber si va a vivir para dormir en ella, es realmente jodido, hablando claro. 
Yo apenas recuerdo nada de los primeros días. La culpa básicamente es la morfina que me dieron para aguantar los dolores de una césarea de urgencia y de un parto precipitado. 
Recuerdo la primera vez que bajé a neonatos, con mil pitidos a mi alrededor y mi pequeñajo cubierto de cables y tubos, rojito y pequeño como un conejillo despellejado pero precioso, para mí el conejito más lindo del mundo entero. Con un quilete de amor y vida y unas ganas de vivir y luchar inexplicables. 
A los 4 días pasamos por primera vez por el quirófano con poco más de 900 gramos. El anestesista no daba un duro porque soportara la anestesia, porque era muy pequeño pero sobretodo porque iban a ciegas por el tema de la fístula. Pero salió de esa y de muchas otras cosas.
Hemos ganado bastantes batallas, algunas que incluso parecían imposibles, aquí estamos, al principio de un largo camino, convencidos que tenemos el niño más valiente de la tierra y que juntos podemos ganar la guerra.
Esta no ha sido ni mucho menos la maternidad que había soñado pero desde luego Pol sí que es mi niño soñado. No lo cambiaría por nadie en todo el universo. Es dulce, despierto, encantador, tiene magia en los ojos y te mira con la sabiduría del que ha vivido mil vidas antes.




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