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dissabte, 26 d’octubre de 2013

Uno mira a la muerte a los ojos

Uno mira a la muerte a los ojos, de frente, y su vida cambia para siempre. Algo se quiebra por dentro y tu vida no vuelve a ser la misma, jamás. Todo se vuelve frágil. Hasta la caricia más dulce duele en una rostro lleno de moratones y cicatrices. Hasta el dolor más pequeño se vuelve insoportable en un cuerpo machacado. Porque al dolor no te acostumbras, ni lo asumes, ni lo asimilas. El dolor se acumula y te va llenando gotita a gotita hasta que te rebasa y te sientes como una presa apenas contenida. Un jarrón roto se puede volver a pegar pero jamás será el mismo jarrón. Siempre será más fácil que se rompa al menor golpe.

Uno mira a la muerte a los ojos y tiene que aprender a vivir con el miedo. Ese miedo, feroz y devorador que te invade de perder lo que más quieres. Ese miedo que te hace abrazarle cuando está a punto de dormirse. Tan fuerte como si fueras a caer a un precipicio sin remedio. Porque esa es la sensación que te acompaña, una sombra gris, ya a tu lado por siempre. Siempre al borde de la caída, del vacío, del abismo. Porque cualquier olor, sonido o imagen te recuerdan lo vulnerable que eres. Porque eres incapaz de ver la imagen de un niño en un hospital en las noticias sin llorar amargamente en un rincón, en tu rincón, agazapada. Esperando ver si eso pasa. Si los años pueden ayudar a quitarte ese sabor amargo. Si ese miedo algún día hará las maletas para marchar. Pero no, algo te ha cambiado por dentro. Algo que ha hecho de tí una mujer distinta. Valiente y débil, vulnerable y fuerte, sensible y dura. Muy dura. Hasta el punto de no saber cómo serás en el siguiente paso. Qué versión de ti misma será la que te acompañe mañana. Fuiste capaz de soportar ver parar el corazón de tu hijo y sin embargo te hundes en los problemas cotidianos. Porque uno soporta escalar una montaña pero a veces se hunde en un mar que apenas le cubre las rodillas. 

Pero sabes qué. Sabes qué es lo único bueno de haberle mirado a los ojos. Que siempre encuentras la fuerza suficiente para patalear y volver a salir de nuevo a la superfície. De perder ese miedo que te paraliza durante unos segundos para alcanzar la orilla, respirar muy hondo, y volver a empezar. Siempre volver a empezar. Porque aunque te cueste creerlo, es ese propio miedo, el que te da las fuerzas necesarias para no ahogarte en el mar.

DEDICADO A LA VALIENTE MAMÁ DE XANA


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