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dissabte, 21 d’abril del 2012

Mi fortuna

Hay una parte de mí que se siente estafada, que siente que le han robado algo muy íntimo, muy especial, muy único... mi maternidad, mi lactancia, mi parto, mi alegría de vivir despreocupada y loca, sin saber lo que es la muerte, el dolor profundo, la enfermedad. Hay una parte de mí que maldice mi mala suerte, que piensa por qué a mí, por qué a él, por qué a nosotros. 

Éramos felices, desde la inconsciencia de la cotidiano, desde la rutina gris que con esa capa de humo te envuelve sin permitirte apreciar tu día a día. Hasta que te lo quitan, te lo arrebatan, te lo arrancan de cuajo y te quedas como un trapito roto que ya nadie quiere. Envuelta de un dolor amargo que se te mete en la piel y en las entrañas.

Hay una parte de mí que se siente afortunada... de tenerle a él. Lo importante en la vida no es lo que te suceda, es como actúes para superarlo. Él es mi motor y mi fuerza. Esa personita que vino a ponernos la vida del revés, para hacernos más valientes, más fuertes, más humanos. Esa personita que ilumina con una sonrisa allá donde va que deja una estela de magia como rastro. Él es único y es mío. No lo cambiaría por nadie en todo el universo. 

Yo a cambio sólo te pido una cosa, pequeño, que cumplas la promesa que te pidió mamá a pie de incubadora, que la muerte no te lleve antes que a mí, que mis ojos no tengan que llorarte.















diumenge, 15 de gener del 2012

Cicatrices

Siempre es la misma rutina: sales de la bañera, te pongo en el cambiador y te voy cantando canciones mientras te pongo la crema. Tienes cicatrices por todas partes, pequeños ríos blancos que surcan tu cuerpo de bebé. Cada una de ellas explica una historia, como decía la mamá de Ada, una batalla de una guerra ganada, un recuerdo doloroso e imborrable.
Quiero pensar que llegará un día en el que serás mayor y no recuerdes nada y sean esas cicatrices tu único recuerdo de que todo esto fue real. Quiero pensar que tanto sufrimiento no te habrá marcado con fuego en el inconsciente, que no recordarás todos los pinchazos, los drenajes, los ahogos y las carreras frenéticas de todos por traerte de nuevo a la vida. Quiero pensar que todo esto será como una huella en la arena, que queda marcada sólo hasta que sube la marea y la borra sin dejar rastro. 
Pero se agolpan los malos recuerdos y se vuelven agua que arrasa con todo a su paso y se cuela por las rendijas de la memoria. Y en días así lloro sin querer y recuerdo que apenas tenías 4 días y pesabas 900 gramos cuando te rompieron las costillas y te las levantaron hacia atrás para poder acceder a la fístula. Y que hubo un día que te estuvieron pinchando durante más de tres horas seguidas porque tenías las venitas reventadas de tanto medicamento y tanta vía. Y recuerdo el día después de mi cumpleaños en que vimos como te apagabas y ni las enfermeras ni los médicos conseguían traerte de nuevo. Delante nuestro, a un metro escaso, te morías sin remedio. O los días en que te mordías los puñitos de hambre. Es muy fuerte para unos padres el hecho de ver pasar hambre a un hijo y no poder hacer nada por impedirlo.
Ojalá sea así, mi pequeño. Ojalá esto sea un mal principio de una vida larga y feliz. Y pienso en las cicatrices que no se ven, las que llevamos tu papa y yo escondidas bajo la piel. No ese surco delgado de la césarea, las que estas más hondo aún, muy a dentro. Es ahora cuando me permito el lujo de pensar en esas cosas porque si lo hubiera pensado entonces me hubiera vuelto loca. Es ahora cuando me permito el lujo de llorar por todo lo que has pasado. Sí, puede que un día con suerte tú no recuerdes nada, que consiga borrarte los malos recuerdos a besos y es entonces cuando para mí subirá la marea y se borrará mi cicatriz.



dijous, 24 de novembre del 2011

Ningún sitio como en casa

Por fin llegaron las noches en blanco, las ojeras, el ir corriendo a todos sitios, el no poder ni respirar e ir como los locos... por  fin somos padres a jornada completa con sus alegrías y sus miserias.

Quizás los dos eramos unos inconscientes pero jamás nos permitimos pensar que te pudieras morir, ni en el peor de los días dejamos de tener fe en tí, no sé si eso te ha salvado, sólo sé que a nosotros fue lo que nos mantuvo en pie. No sé si hubiera soportado salir del hospital por segunda vez, con las manos vacías de nuevo. Sólo sé que volvería a pasar por todos y cada uno de estos días en el infierno sólo para que tu fueras mi hijo y yo pudiera ser tu madre. Supongo que todos los padres se sienten orgullosos de sus hijos pero no puedes ni imaginar cómo lo estamos nosotros. Has luchado desde el minuto cero, has desafiado a todos los que daban la batalla por perdida, has roto las estadísticas... has vencido mi pequeño héroe. Siete operaciones y seis meses después nos fuimos por fin a casa.

Y como en mis sueños se abrieron las puertas de Sant Pau, lucía un sol radiante y salimos a celebrar que estamos vivos, que estamos juntos, los tres... i que tinguem sort i que la vida ens doni un camí ben llarg!!!



dissabte, 15 d’octubre del 2011

Haditas buenas

En la uci hay una pared donde cuelgan postales, fotos y cartas de otros papas que han pasado por allí. Muchas días de desesperación, yo me acercaba en busca de consuelo, y me leía una y otra vez todas las cartas, veía las fotos de esos pequeños en sus casas, felices, y me ayudaba a seguir hacía adelante. Ver esas caritas sonrientes junto a un árbol de Navidad, sin cables ni monitores, me hacía recordar que más allá de esas paredes, existía un mundo donde la gente no vive angustiada todos los días por la supervivencia de los suyos.
Siempre recordaré especialmente una de las cartas, en la decía que el personal de la uci eran haditas buenas, que con sus varitas mágicas hacían más llevadero algo tan terriblemente duro como estar en un hospital. Sí, eso es lo que hacen esas haditas buenas de uniforme blanco, que con mucha ciencia y muchísimo amor cuidan de esos seres, muchas veces del tamaño de su mano, y les dan el regalo de la vida. Haditas buenas que cada día miman, cuidan y curan todos los males. Sin todas ellas ( doctoras, enfermeras, auxiliares) mi hijo no hubiera sobrevivido. 
La doctora Ginovart confío en él desde el primer día. Ella era capaz de darte, con su voz dulce, la peor de las noticias con un toque de esperanza. Supongo que hubo días en que incluso ella perdió la esperanza, que veía en sus ojos la desesperación de ver que la vida de mi niño se le escapaba entre los dedos. Pero no dejó ni un sólo de los días de hacernos sentir que era posible el milagro. A ella le debemos la vida de mi niño y eso no hay vida para pagarlo. 
Porque ¿cuánto vale la vida de un hijo? En Estados Unidos mucho, mucho dinero. La gente no es consciente de lo que cuesta un tratamiento de cáncer o tener a un  bebe durante meses en una incubadora pero créenme mucho, mucho dinero. Un piso, de los de antes de la crisis inmobiliaria, a veces, incluso más. Tenemos mucha suerte de vivir en un país donde a la desgracia personal que supone tener un hijo enfermo no se suma una ruina económica. 
En estos días de recortes sanitarios es bueno recordar que sin esta sanidad y estos medios mi hijo no hubiera tenido una oportunidad. En otros países no se toman la molestia de reanimar a un prematuro de menos de 27 semanas, son simplemente, niños demasiado caros de salvar. La mitad de los bebes que he conocido a lo largo de estos cinco meses serían estrellas, a las que nadie les habrían dado siquiera, la oportunidad de brillar.